
Tanta agua ha pasado bajo el puente.
Quizás agua, y palabras, alas, vuelos, salivas, sabanas, y uno que otro suspiro que se fue debajo de la cama, aquella que se convirtió en nuestro enclave estratégico. Hasta tu cama se fue. Ya no era la misma, la vieja y fiel que solía crujir más que nuestras propias agonías sobre ella. La del colchón ajado que guardaba nuestros olores más íntimos con el mismo silencio y solemnidad con el que era testigo de nuestro secreto más desbocado.
Ahora, aquel armazón era destinado al olvido, un objeto más sumado al abarrote de nuestras memorias. En su lugar, era implantado un gran box spring moderno, lujoso y blando, con más resortes que el Challenger; otorgando posibilidades inimaginadas en piruetas y saltos acrobáticos, además de eliminar la competencia de gemidos establecida desde un principio entre nosotros y el antiguo lecho. Con ella, nuevas historias comenzaron a procrearse, y las funciones camastiles continuaron, haciendo ya no a un solo inmueble cómplice de nuestras clandestinidades, sino a dos.
Menciono este asunto de la cama, por que si tu cama pudo cambiar de la tierra al cielo en este tiempo, ¿qué pudo haber pasado con nosotros? Es cierto, somos más que cuatro patas y un colchón, pero ¿somos diferentes ahora? Si es así..., ¿nos hemos vuelto camas esqueléticas y rotosas o somos mullidos acolchados con diseños de la NASA?
¿A quién guardamos secretos?.
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